El Esclavo lo perseguía, le ofrecía cigarrillos, fruta, sándwiches, le hacía confidencias; en el comedor, en la fila y en el cine se las arreglaba para estar a su lado.
Ni una sola persona ni una sola máquina fue consciente de la diminuta figura de la muerte que había iniciado la destrucción de la segunda fila de naves.
Tras pasar por la última nave, Meiji, la gota alcanzó el final de la fila y volvió a ejecutar un ángulo agudo para ir a por la primera nave de la tercera fila, Newton.
Siguiendo esa trayectoria entrecortada, la gota atravesó una tras otra las naves de la tercera fila, sin reducir en ningún momento la velocidad por debajo de los treinta kilómetros por segundo.