Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarías con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro.
Se hablaba en susurros, se comía en silencio, se rezaba el rosario tres veces al día, y hasta los ejercicios de clavicordio en el calor de la siesta tenían una resonancia fúnebre.
Su cortejo fúnebre recorrió las atestadas calles de Londres durante dos horas, y la marcha a pie junto a la taud de sus hijos conmovió aún más al mundo.
Siguió con tanta atención las peripecias del entierro que nadie dudó de que lo estaba viendo, sobre todo porque su alzada mano de arcángel anunciador se movía con los cabeceos de la carreta.
Prohibió también que el cortejo se detuviera, como era costumbre, frente a la parroquia a la que acudía el marqués habitualmente, y prohibió igualmente que los católicos acompañaran el cadáver.
El funeral empezará con el traslado del féretro de la reina y a la una, tras dos minutos de silencio nacional, saldrá de nuevo el cortejo fúnebre hacia el Arco de Wellington.