Con mucho cuidado salieron de la garganta del monstruo, y al llegar a su inmensa boca siguieron andando muy despacio, de puntillas, por la lengua, que era tan larga y tan ancha como un paseo.
Él se reconoció en mangas de camisa, con varias libras menos y el cabello y el bigote de un color negro intenso, en medio de un tumulto de jóvenes que se habían empinado para sobresalir.
Volvióse para mirar lo que fuera, y vio en la oscuridad dos mascarones negros que, disfrazados con sacos de carbón, corrían tras él dando saltitos de puntillas como dos fantasmas.