La señora Diana Spencer, que se encontraba sentada en el lugar derecho del asiento trasero de pasajeros, estaba todavía consciente y agachada en el suelo del vehículo, con la espalda visible.
Yacía en la cama del cuarto del piso bajo y en los momentos de lucidez veía el rostro pálido de la madre inclinado sobre el suyo y con ello experimentaba una impresión de frescura como si un húmedo nenúfar la rozara.