Y, sobre todo, aumentaba la peste de los buscadores de oro, individuos sin escrúpulos, venidos desde todos los confines, sin otro norte que una riqueza rápida.
Antonio José Bolívar le dio un golpe con la cerbatana, pero el buscador de oro vaciló sin llegar a desplomarse y no tuvo más remedio que echarsele encima.
Levi Strauss había emigrado de Baviera a Nueva York en 1847, y como muchos empresarios de la época, vio una oportunidad en la fiebre del oro de California.