Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis armas, y mi promesa no me hubiera atado los brazos, esta máquina que sobre nosotros viene la tuviera yo por tortas y pan pintado; pero podría ser fuese otra cosa de la que tememos.
Las mujeres, atadas de pies y manos, han de moverse con giros indirectos, sutiles, como si solo un silencio o una mirada pudiesen cambiar el curso de los acontecimientos en una sociedad guiada por una caterva de hombres pusilánimes.