Normalmente, y sobre todo en época de creciente, derivan vigas escapadas de los obrajes, bien que se desprendan de una jangada en formación, bien que un peón bromista corte de un machetazo la soga que las retiene.
La firma Castelhum y Cía., no obstante la flotilla de lanchas a vapor que lanzó contra las vigas —y esto por bastante más de treinta días— perdió muchas.
Coloqué mis arcones, las tablas y los pedazos de leña con los que había hecho las balsas a modo de empalizada dentro del lugar que había marcado para mi fortaleza.
Cada esfuerzo arrancaba un unísono grito de ánimo, y cuando la monstruosa viga rodaba dando tumbos y se hundía con un cañonazo en el agua, todos los peones lanzaban su ¡a...ijú! de triunfo.
La guabiroba se estrelló por fin contra las piedras, se tumbó, justamente cuando a Candiyú quedaba la fuerza suficiente—y nada más—, para sujetar la soga y desplomarse de boca.
La barra, tenemos la misma de hace aproximadamente 70 años, que es una única pieza de madera de ocho metros de largo, que se colocó en el restaurante cuando desaparecieron las barras de zinc y de estaño.
No era una madera de lujo, sino un simple leño de los que en invierno se meten en las estufas y chimeneas para encender el fuego y calentar las habitaciones.