Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña.
Seguían siendo normales y vulgares en su forma, y los hierbajos y enredaderas todavía crecían tercamente en las grietas de la roca gris, ni más vistosos ni más escasos que dos siglos antes.
A mí me va quedando claro que menos importante, o al menos tan importante como constatar si hubo o no hubo un golpe de Estado, es que quienes han tomado el poder tienen un propósito autoritario.
Si yo me pongo a revisar la música que yo escuchaba cuando era adolescente, pues me pondría las manos en la cabeza también, porque estoy segurísima que no son menos machistas que el reguetón.