Esa madrugada, ya de regreso a casa, después de que los padrinos tomaron el desayuno y repartieron las frases habituales, mi esposo salió a la calle y no regresó hasta después de la siesta.
Se crean altares para honrar a los difuntos, con flores y fotos; se decoran las calles, hay comida, bebida, música y la gente sale a las calles a divertirse.
Uno de sus temas favoritos era el de un extraño, un individuo que se le acercaba a veces cuando ella estaba a solas en la calle, y le hablaba con voz quebrada.
Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta.