Tras llamar al timbre una y otra vez, empujó la puerta que no estaba cerrada con llave y prácticamente se quedó sin aire al recibir el impacto de la combinación de alcohol, humo y sudor que llenaba aquel lugar.
Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre familiar con su tono ávido y triste, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.
Sonó el timbre y abrió Jamila; yo esperaba entretanto en el salón mientras fingía observar la trama de un tejido junto a la luz que entraba directa a través de los balcones.
El cartero se dio cuenta —dijo entre sus dientes apretados—. Estaba muy interesado en saber de dónde procedía la carta. Por eso llamó al timbre. Daba la impresión de que le parecía divertido.