Apenas cerré la puerta, me tapé la boca con las manos para evitar un grito y agarroté las piernas para no patear con ellas el suelo como un potro salvaje.
Entonces, a partir de allí agarras, es oficio, es un oficio, como el de un carpintero, como el de un señor que hace muebles, como el del tapé, es un oficio.
Aproveché el frío que hacía y me tapé con todas las cobijas que tenía, me puse una sudadera con gorro y dormí con ella, y unos tapones para los oídos también.
Y claro, estos niños tenían demasiada fuerza, demasiada potencia, y yo fui a tapar un gol, a tapar un disparo de uno de sus delanteros, tapé el balón, claro, lo tapé, pero me fracturé el brazo.
Me tapé los oídos mientras el llanto se siguió escuchando detrás de la puerta por otros cinco segundos más, hasta que de la nada ya no se oyó absolutamente nada, hasta que todo quedó en silencio.
Ni mis padres ni nadie de mi entorno podía enterarse, así que me tapé la cara con una gorra publicitaria y una bufanda rota, y me fuí hasta un parque en la otra punta de la ciudad.