El médico le tomó el pulso, la miró cierto tiempo, con una mano levantada hacia sus ojos que ella cerró poco a poco bajo el esfuerzo insostenible de aquel poder magnético.
A lo cual respondió el mozo: Señor, yo no me meto en tologías; lo que sé es que cada uno en su oficio puede alabar a Dios, y más con la orden que tiene dada Monipodio a todos sus ahijados.