Se trataba de un dracma corintio de plata, de una lechuza de palas atenea y de una cabeza de Alejandro Magno, y apenas él se aproximó a su pupitre, simulé estudiarlas con una lupa.
Sabía que sería muy difícil, de modo que simulé tener muy poco interés en la vida para que nadie relacionara mi nombre con el del bandido en el que aspiraba convertirme.