En muchas situaciones de conflicto los caudillos locales saquean regiones enteras y emplean su poder para vender armas, drogas y recursos locales primarios.
Lejos quedaron aquellos tiempos cuando corruptos gobernantes saqueaban las arcas públicas y miles de jóvenes no se podían educar y alimentaban un desempleo rampante.
Según se denunció, los milicianos saquearon ocho viviendas privadas y un comercio de suministros médicos cerca del dispensario administrado por Kisima y la escuela primaria.
Más de 10.000 civiles —de hecho, todos los habitantes de la aldea— fueron desplazados durante ese cruento ataque, y muchos de sus hogares fueron incendiados y saqueados.
No obstante, soldados congoleños incontrolados, desertores y otros elementos armados han seguido saqueando aldeas y almacenes y violando, robando y cometiendo otros delitos contra la población civil.
Cuando la población se ve obligada a desplazarse a causa de los combates, sus propiedades son saqueadas sistemáticamente y a su regreso encuentra los hogares quemados o destruidos.
La mayor parte de los actos de destrucción eran cometidos por los Janjaweed, quienes prendían fuego a aldeas enteras y destruían todos los bienes privados que no saqueaban.
Como resultado, hubo motines en Monrovia entre el 7 y el 9 de diciembre, que dejaron por lo menos a 11 personas muertas, varios heridos y propiedades saqueadas o dañadas.
Al disminuir las primeras hostilidades muchas de esas municiones fueron saqueadas, gran parte por el valor del metal y otras para guardarlas en escondites para su uso posterior por las fuerzas insurgentes.
Se informó de que, en muchos casos, las fuerzas del Gobierno rodearon las aldeas, permaneciendo de guardia mientras los Janjaweed incendiaban y saqueaban los poblados y cometían otras atrocidades contra la población.