Águeda solo puede oír el zumbido estridente de aquel planeta que sobrevuela su cabeza, tan bajo, tan rasante, que Águeda se siente sacudida por el pánico.
Aquello que le había movido mundo adelante, el deseo de lugares aterciopelados por una suave vegetación, recorridos por un bajo viento rasante, y de terzas jornadas sin sol, por fin.