Primero era oscura como un bajío en el agua azul que tenía más de una milla de profundidad. Luego se distendió como una nube. El pez era plateado y estaba quieto y flotaba movido por las olas.
Sentí la necesidad de esconderme tras la pantalla de mi móvil, como solía hacer cada vez que me quedaba quieto en algún lado, y no quería parecer raro por quedarme de pie mirando de un lado a otro.
Una vez concluida la carta, la ató a una de las patas de Hedwig, que permanecía más quieta que nunca, como si quisiera mostrar el modo en que debía comportarse una lechuza mensajera.
Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
Supe así que mi abuelo había muerto callado y quieto en su mecedora, y entre líneas intuí lo difícil que, día a día, se estaba volviendo para ella el mero sobrevivir.