Distinguimos en el silencio las cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y la oscuridad, nos traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino.
En Cartagena, cuando teníamos franquicia, nos sentábamos en el puente de Manga a la madrugada, mientras Ramón Herrera cantaba, imitando a Daniel Santos, y alguien lo acompañaba con una guitarra.
Para los europeos América del Sur es un hombre de bigotes, con una guitarra y un revólver -dijo el médico, riendo sobre el periódico-. No entienden el problema.
Mi hermano Luis Enrique, que entonces tocaba la guitarra como un profesional, improvisó en honor de los recién casados una canción de equívocos matrimoniales.