Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle.
Y de cómo esas ideas terminaron creando un barrio donde las grúas oxidadas del pasado conviven con algunos de los rascacielos más caros del continente.
Las grúas rojas y amarillas que se pueden ver hoy no son de la época de Madero y Huergo, sino que fueron compradas en los 70 a la Alemania Democrática en un intento fallido por revitalizar el puerto.