Quitó el mástil de la carlinga y enrolló la vela y la ató. Luego se echó el palo al hombro y empezó a subir. Fue entonces cuando se dio cuenta de la profundidad de su cansancio.
Recostada en almohadones, como si de veras estuviera enferma, tejió sus largas trenzas y se las enrolló sobre las orejas, como la muerte le había dicho que debía estar en el ataúd.
Ya teniendo todo esto armadito, entonces comienzas a enrollarlo, comienzas darle vueltas hasta... sellarlo de un lado al otro y después con el mecatito lo amarras.