El muchacho, pendiente de los dos alguaciles, erguidos en el centro de la plaza, con sus corazas refulgentes y sus espadas, hieráticos bajo los coloridos pendones, se zafó de la mano de la mulata.
Vestía un traje por el que no le hubieran dado ni diez pesetas en el mercado de Los Encantes, pero lo compensaba con una estrepitosa corbata de colorido tropical.
Por ejemplo, las peleas de gallos, la pirotecnia y el uso de decoraciones coloridas en las fiestas fueron contribuciones de Filipinas a la cultura popular mexicana.