Yo conocía de nombre a todas las chicas de su clase y ella los apodos de mis compañeros y profesores y los chismes que corrían sobre los muchachos más sabidos del Dos de Mayo.
De momento estaban bien provistas de chismes y de alegría ante la reciente llegada de un regimiento militar que iba a quedarse todo el invierno y tenía en Meryton su cuartel general.
Pero un estudio mostró que, si chismeas demasiado, pierdes el agrado de tus amigos, y es peor cuando ese chisme es negativo: se suele ver al chismoso como a alguien poco digno de confianza.
Por eso evolucionamos de manera que el chisme nos agrade: es una conducta que apoya las relaciones sociales que a su vez nos dan soporte como individuos.