Al oír aquel discurso tan dulce y halagüeño, quiso demostrar el cuervo al zorro su armonía de voz y la calidad de su canto, para que se convenciera de que el gorjeo no le iba en zaga a su plumaje.
Pero este intervalo de tranquilidad no duró mucho; después de la cena se habló de cantar, y tuvo que pasar por el mal rato de ver que Mary, tras muy pocas súplicas, se disponía a obsequiar a los presentes con su canto.
Pero el joven pescador contestó: —No te soltaré hasta que me prometas que cuantas veces te llame acudirás y cantarás para mí, pues los peces gustan de escuchar el canto de la gente de mar, y así se llenarán mis redes.
Por ejemplo, si quería un tablón, no tenía más remedio que cortar un árbol, colocarlo de canto y aplanarlo a golpes con mi hacha por ambos lados, hasta convertirlo en una plancha y, después, pulirlo con mi azuela.
Ambos eran conscientes de tener tan pocas cosas en común que nunca se sentían más solos que cuando estaban juntos, pero ninguno de los dos se había atrevido a lastimar los cantos de la costumbre.
De un modo casi mágico la descubrí en el tratado De Omnipotentia, de Pier Damiani, a cuyo estudio me llevaron dos versos del canto XXI del Paradiso, que plantean precisamente un problema de identidad.
En aquel momento salió la luna de detrás de una nube e inundó el cementerio con sus silenciosas oleadas de plata, y de un bosquecillo cercano se elevó el canto de un ruiseñor.
Jamás verás cantos rodados o piedras suaves de río en una vía de tren funcional, y existe una razón de ingeniería crítica para esto que tiene que ver con la fricción mecánica.
El pueblo se envuelve en una atmósfera tranquila y contemplativa, donde el murmullo del mar y el canto de las gaviotas acompañan a quienes recorren el paseo marítimo.