Todo esto se hace al mismo tiempo: bajamos la punta de la lengua, aplastamos la parte posterior contra el paladar, dejamos salir el aire por la nariz y hacemos vibrar las cuerdas vocales.
A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.