Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida.
Al atardecer se arreglaba, se ponía sus trajes sencillos y sus duros borceguíes, y si no tenía algo que hacer con su padre iba a casas de amigas, donde permanecía hasta la hora de la cena.
Sin embargo, era el barrio más alegre, de colores intensos y voces radiantes, y más al atardecer, cuando sacaban las sillas para gozar de la fresca en mitad de la calle.
Había subido tras él paso a paso la escalinata de piedra, sofocado por el perfume ardiente de los jazmines, para contemplar los lentos atardeceres del verano desde la cima del Bourgle-Four.
Estuve bastante circunspecto todo el día porque aún me sentía un poco mareado, pero hacia el atardecer, el tiempo se despejó, el viento amainó y siguió una tarde encantadora.
Al ver que el viento era propicio, Luo propuso salir a navegar hasta que luego, al atardecer, volviera a cambiar la dirección del viento y pudieran regresar.
Pero el 5 de enero, en casi todas las ciudades españolas, miles de familias salen al atardecer para asistir a un acontecimiento inolvidable para los niños.
Quizá porque no todos conozcan el secreto: calles perfectas para perderse, playas de atardeceres dorados, castillos de fantasía y un ambiente fantástico.