Y cuando me acerqué a toda prisa para asegurarme de que Katherine no se había desmayado, él hizo rechinar los dientes y sacó espuma por la boca como un perro rabioso.
Cuando me llevaron al médico, arrastrándome como a un perro rabioso, me había podido desasir de repente, lanzándome contra la ventana y dando un manutazo contra los cristales que me hirió la mano.